Cuando el desarrollo no pasa por la mesa
- Ileana Recinos
- 30 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 30 dic 2025
Esta semana se publicó el Decreto 21-2025, la Ley de Alianzas para el Desarrollo de Infraestructura Económica. El anuncio llegó con el lenguaje habitual: inversión, eficiencia, competitividad, mejora en la calidad de vida. Palabras grandes, bien pulidas, que suenan a progreso.
Y, sin embargo, algo no termina de encajar
Las alianzas público-privadas no son una mala idea por definición. En muchos países han servido para construir carreteras, hospitales, sistemas de transporte. El problema no está en la herramienta, sino en la forma en que se usa, en quién decide, en quién gana y —sobre todo— en quién queda fuera.
Porque el desarrollo, cuando es real, no se mide solo en kilómetros de asfalto ni en montos de inversión. Se mide en si una familia puede comer tres veces al día. En si una mujer puede sostener un pequeño negocio sin endeudarse hasta el cuello. En si una comunidad tiene oportunidades para quedarse, y no solo razones para migrar.
Guatemala tiene una larga experiencia con leyes bien intencionadas que, en la práctica, terminan beneficiando a los mismos de siempre. No por mala fe explícita, sino por una lógica persistente: pensar el desarrollo desde arriba, desde el gran proyecto, desde la cifra macroeconómica, sin mirar con suficiente atención la economía que sostiene la vida cotidiana.
Por eso el contraste incomoda
Mientras se avanza con rapidez en leyes que facilitan infraestructura económica y grandes inversiones, otras iniciativas que apuntan directamente a fortalecer la economía de los hogares —especialmente la de las mujeres— siguen esperando turno. No por falta de propuestas, ni por ausencia de diagnósticos. Esperan porque no han sido colocadas en el centro de las prioridades políticas.
Y eso no es casualidad
Cuando se habla de desarrollo sin hablar de quién cuida, quién produce a pequeña escala, quién sostiene la alimentación, quién estira el dinero para que alcance, se está hablando de un desarrollo incompleto. Un desarrollo que puede crecer en números, pero que no necesariamente mejora la vida.
La experiencia nos ha enseñado que la infraestructura, sin participación ciudadana real, corre el riesgo de convertirse en una puerta abierta a la captura privada de lo público. Cuando las reglas no son claras, cuando la fiscalización es débil, cuando la ciudadanía solo observa desde afuera, los beneficios tienden a concentrarse. Y el discurso de “mejora en la calidadde vida” se vuelve una promesa difícil de verificar.
No se trata de oponerse al crecimiento económico. Se trata de preguntarnos qué entendemos por crecimiento y para quién está diseñado.
Porque hay otro tipo de infraestructura que rara vez aparece en los decretos: la que sostiene la vida. La infraestructura del cuidado, de la economía comunitaria, de los mercados locales, del trabajo invisible que mantiene en pie a este país. Esa infraestructura no se inaugura con cinta ni discurso, pero sin ella nada funciona.
Cuando una mujer logra autonomía económica, no solo mejora su ingreso. Mejora la nutrición de su familia, la educación de sus hijas e hijos, la resiliencia de su comunidad. Eso también es desarrollo. Quizá el más duradero.
Por eso resulta inevitable hacerse la pregunta: si el Congreso puede actuar con eficiencia para aprobar y publicar leyes de infraestructura económica, ¿por qué no puede hacerlo con la misma voluntad para iniciativas que fortalecen el desarrollo humano y territorial? No es un problema de capacidad técnica. Es una decisión política.
En el fondo, el debate no es jurídico ni financiero. Es ético
¿Queremos un país que crezca sin mirar a quienes lo sostienen? ¿O queremos un desarrollo que empiece en la mesa de las familias y llegue, entonces sí, a los grandes proyectos?
Las leyes importan. Pero más importa la visión que las inspira. Y esa visión se revela no solo en lo que se aprueba, sino en lo que se posterga.
Tal vez el verdadero indicador de desarrollo no sea cuántas alianzas firmamos, sino cuántas vidas mejoran de manera tangible. Ahí, en ese cruce entre política y vida cotidiana, es donde se juega el futuro que decimos querer construir.

Comentarios