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¿Estamos formando ciudadanos o solamente consumidores?

  • Foto del escritor: Ileana Recinos
    Ileana Recinos
  • 6 jul
  • 4 min de lectura

Vivimos en una época en la que la información está al alcance de un clic. Nunca había sido tan fácil conocer lo que ocurre al otro lado del mundo, comprar un producto sin salir de casa o aprender una nueva habilidad desde un teléfono celular.


Paradójicamente, mientras aumenta el acceso a la información, parece disminuir nuestro interés por comprender aquello que define nuestra vida en comunidad.


Sabemos cuándo sale el último modelo de un teléfono inteligente. Reconocemos los logotipos de las grandes marcas. Seguimos a influencers, artistas y creadores de contenido. Las plataformas digitales nos sugieren qué comprar, qué vestir, qué comer y hasta qué serie ver el fin de semana.


Pero, ¿cuántos saben cómo se aprueba una ley? ¿Quién conoce las funciones de un concejo municipal? ¿Cuántos podrían explicar qué hace un diputado más allá de aparecer en los titulares? ¿Cuántos saben cómo exigir información pública o participar en las decisiones de su comunidad?


La respuesta debería preocuparnos. No porque sea indispensable que todos se conviertan en expertos en derecho o ciencia política, sino porque una democracia necesita ciudadanos informados. Y hoy da la impresión de que estamos formando excelentes consumidores, pero ciudadanos cada vez más pasivos.


Consumir es fácil; participar requiere esfuerzo


Desde pequeños aprendemos a consumir. La publicidad nos acompaña desde la infancia. Las redes sociales nos presentan productos, experiencias y estilos de vida que prometen hacernos más felices, exitosos o populares.


Las plataformas digitales conocen nuestros gustos, anticipan nuestras preferencias y compiten por mantener nuestra atención el mayor tiempo posible. Cada clic genera más información sobre nosotros y alimenta un sistema diseñado para convertirnos, principalmente, en consumidores.


No hay nada malo en consumir. La economía necesita personas que compren, inviertan y generen movimiento comercial. El problema aparece cuando esa lógica invade todos los aspectos de nuestra vida. Entonces comenzamos a relacionarnos con el país de la misma manera que con un producto: si no nos gusta, simplemente nos quejamos o cambiamos de canal.


Pero una democracia no funciona así, una democracia requiere compromiso, paciencia, diálogo y participación. Exige tiempo para informarse, disposición para escuchar opiniones distintas y voluntad para involucrarse en asuntos que afectan a toda la comunidad.


La ciudadanía también se aprende


Existe la creencia de que ser ciudadano consiste únicamente en alcanzar la mayoría de edad y obtener un documento de identificación. En realidad, la ciudadanía es una práctica cotidiana.


Se aprende cuando una familia enseña a respetar las normas de convivencia. Cuando una escuela promueve el pensamiento crítico en lugar de la repetición mecánica. Cuando una comunidad resuelve sus diferencias mediante el diálogo. Cuando las personas entienden que los derechos siempre van acompañados de responsabilidades.


También se aprende haciendo preguntas. ¿Por qué se tomó determinada decisión? ¿Cómo se administra el presupuesto público? ¿Quién debe rendir cuentas? ¿Qué mecanismos existen para participar? Estas preguntas fortalecen la democracia porque transforman a los habitantes en ciudadanos conscientes.


La cultura de la inmediatez


Vivimos rodeados de mensajes breves, videos de pocos segundos y noticias que desaparecen de la conversación pública en cuestión de horas. La inmediatez tiene ventajas, pero también un costo.


Nos acostumbramos a respuestas rápidas para problemas complejos. Esperamos soluciones instantáneas y desconfiamos de los procesos que requieren tiempo. Queremos resultados sin involucrarnos demasiado en el camino para alcanzarlos.Ese mismo comportamiento termina reflejándose en la vida pública.


Esperamos que las autoridades resuelvan todos los problemas mientras observamos desde la distancia. Criticamos con facilidad, pero participamos poco. Exigimos transparencia, aunque muchas veces desconocemos los mecanismos para ejercerla. La democracia necesita ciudadanos que vayan más allá del titular del día.


El precio de la indiferencia


Cuando disminuye el interés por comprender cómo funciona el Estado, otros ocupan ese espacio. Las decisiones quedan en manos de quienes sí participan, aunque representen a una minoría. La desinformación encuentra terreno fértil. Los rumores sustituyen a los hechos. La polarización reemplaza al debate. Y entonces aparecen frases que se escuchan con demasiada frecuencia: «todos son iguales», «la política no me interesa» o «nada va a cambiar».


La indiferencia parece ofrecer tranquilidad, pero termina teniendo un costo muy alto.

Porque las decisiones públicas afectan la educación de nuestros hijos, la calidad de los servicios de salud, la seguridad de nuestras comunidades, el estado de las carreteras, las oportunidades de empleo y el desarrollo económico del país.


Podemos decidir no interesarnos por la política, pero la política seguirá influyendo en nuestra vida cotidiana.


Educar para pensar, no solo para producir


Uno de los mayores desafíos de cualquier sociedad consiste en formar personas capaces de pensar críticamente. La educación no debería limitarse a preparar trabajadores eficientes o consumidores informados. También debe formar ciudadanos capaces de analizar, cuestionar, dialogar y participar.


Eso implica fortalecer la educación cívica, enseñar el funcionamiento de las instituciones, promover la cultura de la legalidad y desarrollar habilidades para distinguir entre información confiable y desinformación.


En tiempos donde cualquier contenido puede hacerse viral en cuestión de minutos, el pensamiento crítico se convierte en una herramienta tan importante como aprender matemáticas o dominar un segundo idioma.


Recuperar el valor de lo público


Durante años hemos escuchado que cada quien debe ocuparse de sus propios asuntos. Esa idea puede funcionar en algunos aspectos de la vida privada, pero resulta insuficiente cuando hablamos del bien común.


Las calles por las que transitamos, las escuelas donde estudian nuestros hijos, los hospitales, los parques, el agua, el transporte y la seguridad son asuntos públicos. Nos pertenecen a todos y, precisamente por eso, requieren del interés de todos.


Una sociedad no se fortalece únicamente porque aumente el consumo o crezca la economía. También se fortalece cuando las personas sienten que forman parte de un proyecto colectivo y comprenden que sus acciones pueden contribuir a mejorarlo.


Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es cuántos productos somos capaces de comprar ni cuántas tendencias conocemos en redes sociales. La verdadera pregunta es si estamos formando generaciones capaces de ejercer plenamente su ciudadanía.


Porque las democracias no sobreviven gracias a consumidores satisfechos. Sobreviven gracias a ciudadanos informados, críticos, responsables y comprometidos con el futuro de su comunidad.


Esa tarea inicia en el hogar, continúa en la escuela, se fortalece en la comunidad y se ejerce todos los días, cada vez que decidimos interesarnos por aquello que, aunque sea de todos, también es responsabilidad de cada uno de nosotros.

 
 
 

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