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Volver a empezar

  • Foto del escritor: Ileana Recinos
    Ileana Recinos
  • 6 jul
  • 6 min de lectura

Hay mujeres que han aprendido a empezar de nuevo tantas veces que casi nadie se da cuenta cuando lo hacen.


No suelen hablar de sus sacrificios ni convertir sus dificultades en una carta de presentación, simplemente continúan. Se levantan, reorganizan lo que la vida puso de cabeza y siguen adelante. Son las mujeres que han aprendido a reconstruirse en silencio.


A lo largo de los años he conocido muchas de ellas. Mujeres del campo y de la ciudad. Profesionales, emprendedoras, lideresas comunitarias, comerciantes, trabajadoras, madres y abuelas. Mujeres con historias diferentes, pero unidas por una misma característica: una extraordinaria capacidad para volver a empezar.


La vida rara vez sigue el plan


Hay momentos en los que una enfermedad cambia el rumbo. Una crisis económica obliga a replantearlo todo, un empleo desaparece, un negocio fracasa, una relación termina. Los hijos crecen y toman su propio camino. Un ser querido deja un vacío imposible de llenar. Y entonces llega ese instante en que debemos decidir qué hacer con los pedazos.


Todos enfrentamos dificultades. Sin embargo, hay personas que desarrollan una capacidad especial para sobreponerse a ellas, son resilientes. En Guatemala, esa capacidad tiene con frecuencia rostro de mujer.


Son mujeres que han aprendido que quedarse inmóviles no resuelve los problemas. Que el miedo es real, pero no puede convertirse en el conductor de sus decisiones. Que la incertidumbre forma parte de la vida y que, aun sin garantías, hay que avanzar, porque han descubierto que la única manera de atravesar una tormenta es seguir caminando.


Y quizás allí radica una de las mayores lecciones que nos ofrecen: la fortaleza no consiste en evitar las caídas, sino en negarse a permanecer en el suelo.


La fuerza que nadie ve


Existe una idea equivocada sobre la fortaleza femenina. Muchas veces se piensa que las mujeres fuertes son aquellas que nunca lloran, nunca dudan o nunca se cansan. La realidad es muy distinta. Las mujeres fuertes también sienten miedo. También tienen momentos de tristeza, agotamiento y frustración. También se preguntan si podrán seguir adelante.


La diferencia es que no permiten que esas emociones definan su destino. Han aprendido a convivir con la incertidumbre. A levantarse aún cuando no tienen todas las respuestas. A seguir funcionando cuando las circunstancias parecen superar sus fuerzas.


Esa fortaleza pocas veces aparece en los discursos públicos, no genera titulares, no suele recibir reconocimiento. Pero es una de las fuerzas más poderosas que sostienen nuestras familias, nuestras comunidades y nuestro país.


Porque detrás de cada familia que logra salir adelante, de cada negocio que sobrevive a una crisis o de cada comunidad que encuentra soluciones en medio de las dificultades, suele haber mujeres haciendo mucho más de lo que se ve.


Acostumbradas a resolver


Los números ayudan a entender la magnitud de esta realidad.


En Guatemala, más de 6.7 millones de mujeres están en edad de trabajar. Sin embargo, menos de la mitad participa activamente en el mercado laboral. La tasa de ocupación femenina ronda el 49.3 %, mientras que la masculina alcanza el 83.8 %. Además, las mujeres enfrentan mayores niveles de desempleo y subempleo que los hombres.


A pesar de ello, millones sostienen hogares, generan ingresos, impulsan emprendimientos y asumen gran parte de las tareas de cuidado que mantienen funcionando a las familias y a la sociedad.


Las estadísticas reflejan una realidad conocida por muchas mujeres: deben hacer más con menos. Trabajan dentro y fuera de casa. Administran presupuestos limitados. Cuidan niños, personas mayores y familiares enfermos. Acompañan procesos educativos. Atienden emergencias. Y cuando las circunstancias cambian, encuentran la manera de adaptarse.


Por eso cuando escucho hablar de resiliencia, pienso en ellas. Pienso en la mujer que se levanta antes del amanecer para preparar alimentos, llevar a sus hijos a estudiar y después cumplir una jornada laboral.


Pienso en la emprendedora que comenzó vendiendo desde una mesa improvisada y poco a poco construyó un negocio. Pienso en las lideresas comunitarias que organizan proyectos, acompañan procesos y crean oportunidades donde parecía no haber ninguna.


Pienso en tantas mujeres que han aprendido a resolver problemas sin detenerse permanentemente en la queja. No porque no tengan dificultades. No porque no necesiten apoyo. Sino porque saben que la queja por sí sola no transforma la realidad.


Empezar de nuevo después de los 50


Hay una etapa de la vida que merece una reflexión especial.


Durante años, muchas mujeres dedicaron gran parte de su energía a cuidar, acompañar, sostener y construir para otros. Y de repente llegan a una edad en la que el mundo parece enviarles un mensaje equivocado: que sus mejores años han quedado atrás.


Nada más lejos de la verdad. He descubierto que muchas mujeres encuentran precisamente después de los cincuenta una nueva versión de sí mismas. Una versión más libre, más segura, más auténtica.


Ya no sienten la misma necesidad de demostrar quiénes son. Han acumulado experiencia, conocimiento y aprendizajes que les permiten mirar la vida desde otra perspectiva.


Y cuando la vida les exige comenzar nuevamente, lo hacen con una fortaleza distinta. No con la impulsividad de la juventud, sino con la sabiduría que otorgan los años.


He visto mujeres regresar a estudiar, iniciar emprendimientos, asumir liderazgos, cambiar de profesión, escribir libros, desarrollar nuevos proyectos o reinventarse completamente cuando otros pensaban que era demasiado tarde.

Y cada una de ellas confirma una verdad sencilla: nunca es tarde para volver a empezar.


La valentía cotidiana


Vivimos en una época que celebra los éxitos rápidos y visibles. Admiramos las historias extraordinarias, los triunfos espectaculares y los resultados inmediatos. Pero pocas veces reconocemos a quienes avanzan lentamente, paso a paso, enfrentando obstáculos que nadie ve.


Sin embargo, allí se encuentra una de las formas más valiosas de valentía, la valentía cotidiana, la de quien continúa trabajando aunque esté cansada, la de quien sigue intentando después de una decepción, la de quien vuelve a confiar después de una pérdida, la de quien construye sin garantías, la de quien decide levantarse una vez más.


Es una valentía silenciosa, pero profundamente transformadora. Porque no busca aplausos, no necesita reconocimiento. Simplemente hace lo que debe hacerse.


No se doblegan, se transforman


Las mujeres que admiro no son las que nunca han caído. Son las que han tenido que levantarse una y otra vez. Las que han enfrentado pérdidas, cambios inesperados, dificultades económicas, decepciones y desafíos personales sin permitir que esas circunstancias definan toda su historia.


Son mujeres que entienden que la fortaleza no consiste en evitar las heridas, sino en aprender a sanar. Que la resiliencia no significa ignorar el dolor, sino encontrar la manera de seguir adelante a pesar de él. Que volver a empezar no es una señal de fracaso, sino una demostración de valentía.


Y cuando pienso en mujeres así, inevitablemente pienso en mi madre. Una mujer de pueblo que un día se encontró sola en una ciudad que apenas comenzaba a conocer. Durante los años más difíciles del conflicto armado interno, mi padre desapareció cuando mi hermano y yo teníamos apenas cinco años. En aquel tiempo no teníamos palabras para explicar lo ocurrido. Solo sabíamos que un día ya no estaba y que nuestra madre debía enfrentar sola un futuro lleno de incertidumbre.


Con dos niños pequeños y un futuro lleno de preguntas, pudo haberse rendido. Nadie la habría juzgado por ello. Sin embargo, eligió otro camino.


Con una fe inquebrantable, una enorme dignidad y una voluntad que parecía no agotarse nunca, convirtió la adversidad en fortaleza. Nos enseñó que el amor no es solamente un sentimiento; es una decisión cotidiana. Nos enseñó el valor de la unión familiar, de la honestidad, del trabajo y de la esperanza.


Nunca recuerdo haberla escuchado decir «no se puede». Nunca la vi quedarse detenida frente a los obstáculos. Cada dificultad traía consigo una nueva solución, una nueva estrategia, una nueva razón para seguir adelante. No tuvo una vida fácil, pero tuvo una vida ejemplar.


Hasta su último día fue una mujer de fe, de convicciones firmes y de una fortaleza serena que inspiraba a quienes la rodeábamos. Su legado no está únicamente en lo que hizo por sus hijos, sino en la manera en que eligió vivir: sin amargura, sin resignación y sin renunciar jamás a la esperanza.


Si hoy creo en la capacidad de las mujeres para volver a empezar, es porque crecí viendo a una hacerlo todos los días.


Y quizás por eso las historias más admirables no siempre son las más visibles. A veces son las más silenciosas. Las de quienes siguen adelante cuando nadie las observa. Las de quienes convierten las dificultades en aprendizaje. Las de quienes descubren que la verdadera fortaleza no consiste en no caer nunca, sino en encontrar la manera de levantarse una vez más.

Porque al final, la vida no se mide por las veces que todo salió bien. Se mide por las veces que tuvimos que empezar de nuevo y seguimos adelante.

 
 
 

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