Migrar no es irse: es aprender a vivir con el cuerpo dividido
- Ileana Recinos
- 19 dic 2025
- 2 Min. de lectura

Migrar no empieza en una frontera. Empieza cuando el lugar donde nacimos deja de sostener la vida que necesitamos.
Nadie migra por gusto, aunque el discurso cómodo insista en llamarlo “decisión”. Se migra cuando quedarse duele más que irse. Cuando el trabajo no alcanza, cuando la violencia es insoportable, cuando el futuro se vuelve un cuarto sin ventanas. Entonces el cuerpo se mueve, pero algo siempre se queda atrás.
Migrar es vivir en plural. Un pie en el país que se dejó y otro en el que todavía no termina de sentirse propio. Mientras tanto el corazón aprendiendo a habitar la distancia.
Las familias migrantes desarrollan una dinámica muy diferente y a la vez silenciosa: celebraciones por videollamada, duelos a distancia, cumpleaños compartidos en diferido. El amor no desaparece, pero se distancia. Y la distancia no solo termina por desaparecer sino por cambiar, llegado al olvido. No porque no se quiera, sino porque el día día de cada persona es diferente y los contextos en el otro país no lo conocen los que se quedan.
En países como Guatemala, la migración no es una excepción: es una constante. No responde a caprichos individuales, sino a estructuras que excluyen, territorios que expulsan y economías que no alcanzan para sostener la vida. Migrar, en ese contexto, es también un acto de valentía, aunque pocas veces se nombre así. Porque quienes se van, se ven obligados por las circunstancias.
Las mujeres migrantes cargan una doble jornada: sostienen economías ajenas mientras mantienen vínculos propios a la distancia. Las infancias migrantes crecen traduciendo el mundo, moviéndose entre idiomas, acentos y pertenencias múltiples. La identidad se fragmenta, pero también se expande.
Hoy, Día Internacional del Migrante, no se trata de celebrar. Se trata de mirar. De nombrar lo que implica irse sin querer irse. De reconocer a quienes sostienen la vida lejos de casa.
Migrar no es desaparecer. Es resistir en otro idioma. Es seguir perteneciendo, incluso cuando te dicen que no. Mientras no cambiemos las condiciones que obligan a migrar, seguiremos aprendiendo a despedirnos. Y ninguna sociedad debería acostumbrarse a eso.



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